Hay conversaciones que dejamos para después.
A veces porque no encontramos el momento, otras porque no sabemos cómo empezar. Y algunas, simplemente, porque nos incomodan.
Hablar sobre qué nos gustaría que sucediera si algún día enfermamos gravemente suele ser una de ellas.
Pensamos que todavía falta mucho tiempo, que no es necesario o que hablar del tema podría preocupar a nuestra familia.
Sin embargo, hay algo que pocas veces consideramos: si algún día no pudiéramos tomar nuestras propias decisiones, alguien tendría que hacerlo por nosotros.
Y probablemente sería alguien a quien queremos mucho.
No se trata de pensar en la muerte, sino en cómo queremos vivir
Todos tenemos preferencias.
Sabemos dónde nos gusta estar, qué cosas nos hacen sentir seguros, qué situaciones nos incomodan y qué es importante para nosotros.
Algunas personas valoran especialmente su independencia. Otras encuentran tranquilidad estando cerca de su familia. Para algunas, lo más importante es intentar todos los tratamientos que puedan ofrecer una posibilidad razonable de recuperación; para otras, evitar intervenciones que impliquen más sufrimiento que beneficio.
No existen respuestas correctas para todos.
La planificación anticipada de cuidados consiste en reconocer esas preferencias, reflexionar sobre ellas y compartirlas con las personas que podrían acompañarnos en una situación de enfermedad.
Es una manera de expresar qué consideramos importante y cómo nos gustaría que se tomaran las decisiones relacionadas con nuestra salud si algún día no pudiéramos hacerlo personalmente.
Una conversación que puede comenzar con algo sencillo
No necesitamos reunir a toda la familia ni tener todas las respuestas preparadas.
A veces basta con encontrar un momento tranquilo y decir:
«He estado pensando en qué me gustaría que pasara si algún día me enfermara y no pudiera decidir por mí. Quisiera platicarlo contigo».
Puede parecer una conversación difícil, pero no tiene que resolverse en una sola tarde.
Podemos comenzar compartiendo aquello que más valoramos: nuestra independencia, la posibilidad de comunicarnos, estar cerca de las personas que queremos o recibir atención en un lugar donde nos sintamos seguros.
También podemos hablar de nuestros miedos y de las situaciones que nos resultarían especialmente difíciles.
No se trata de tener todas las respuestas, sino de abrir un espacio para conocernos mejor.
Y, sobre todo, para escucharnos.
Lo que nuestra familia necesita saber
Cuando una persona no puede expresar sus deseos, las decisiones médicas pueden convertirse en una responsabilidad emocional importante para quienes la rodean.
Aparecen preguntas difíciles: ¿qué hubiera querido?, ¿estamos haciendo lo correcto?, ¿deberíamos intentar algo más?
Aunque nadie puede anticipar todas las situaciones, conocer las preferencias de alguien ayuda a tomar decisiones con mayor claridad.
Por eso, además de hablar sobre tratamientos, es importante compartir nuestros valores, preocupaciones y prioridades.
Quizá queremos permanecer en casa siempre que sea posible. Tal vez nos preocupa perder la capacidad de comunicarnos o depender completamente de otras personas. O puede ser que deseemos recibir tratamientos intensivos si existe una posibilidad razonable de recuperación.
Lo importante es que nuestra familia comprenda no solamente qué preferimos, sino por qué es importante para nosotros.
Esa información puede ser mucho más útil que una lista de instrucciones aisladas.
También es importante conversar con los profesionales de salud que nos atienden. Ellos pueden ayudarnos a comprender las opciones médicas y sus posibles beneficios y riesgos.
