Hay días en los que nos duele algo y sabemos exactamente dónde. Una rodilla, la espalda, la cabeza. Podemos señalarlo con el dedo, describirlo y buscar algo que nos ayude a sentirnos mejor.
Pero hay otros dolores que no son tan fáciles de explicar.
A veces nos duele la preocupación por alguien que queremos, la incertidumbre de no saber qué va a pasar, el miedo a perder nuestra independencia o la sensación de que nuestra vida está cambiando demasiado rápido.
Y aunque esos dolores no siempre se sienten en una parte específica del cuerpo, pueden ser igual de difíciles de sobrellevar.
Porque no todo lo que nos duele es físico, y no todo el sufrimiento se alivia con medicamentos.
Cuando el dolor es más que dolor
Hace varias décadas, Cicely Saunders, una médica pionera en la atención de personas con enfermedades avanzadas, comenzó a observar algo importante: dos pacientes con enfermedades similares podían experimentar su dolor de maneras muy diferentes.
Comprendió que, para entender realmente el sufrimiento de una persona, no bastaba con conocer su diagnóstico o medir la intensidad de sus síntomas.
Había que conocer también sus preocupaciones, sus emociones, sus relaciones y aquello que daba sentido a su vida.
A esta manera de comprender el sufrimiento la llamó dolor total.
El concepto reconoce que nuestra experiencia del dolor tiene diferentes dimensiones: física, emocional, social y espiritual o existencial.
Y lo más importante es que todas están relacionadas.
Física
El dolor, la falta de aire, el insomnio y otros síntomas corporales.
Emocional
El miedo, la angustia, la tristeza, la culpa o la ira.
Social
La familia, el trabajo, el dinero, el aislamiento y los cambios en los roles.
Espiritual o existencial
El sentido de la vida, las creencias, la pérdida de propósito.
